domadora de lupus

Una vez exterminadas las hormigas reclamó las fuentes de Roma. Y asistida desde siempre por las letras tradujo -en idioma de cronopios- los detalles del encuentro.
(La ciudad infinita fue suya)


"...era un aire suave de pausados giros, era la tarde y la hora, era del año la estación florida, era el Verbo (en el principio), era un hombre que se creía un hombre. Qué burrada infinita, madre mía. Y ella salió de la librería (recién ahora me doy cuenta de que era como una metáfora, ella saliendo nada menos que de una librería) y cambiamos dos palabras y nos fuimos a tomar una copa de pelure d'oignon a un café de Sèvres-Babylone (hablando de metáforas, yo delicada porcelana recién desembarcada, HANDLE WITH CARE, y ella Babilonia, raíz de tiempo, cosa anterior, primeval being, terror y delicia de los comienzos, romanticismo de Atala pero con un tigre auténtico esperando detrás del árbol). Y así Sèvres se fue con Babylone a tomar un vaso de pelure d'oignon, nos mirábamos y yo creo que ya empezábamos a deseamos (pero eso fue más tarde, en la rue Réaumur) y sobrevino un diálogo memorable, absolutamente recubierto de malentendidos, de desajustes que se resolvían en vagos silencios, hasta que las manos empezaron a tallar, era dulce acariciarse las manos mirándose y sonriendo, encendíamos los Gauloises el uno en el pucho del otro, nos frotábamos con los ojos, estábamos tan de acuerdo en todo que era una vergüenza, París danzaba afuera esperándonos, apenas habíamos desembarcado, apenas vivíamos, todo estaba ahí sin nombre y sin historia (sobre todo para Babylone, y el pobre Sèvres hacía un enorme esfuerzo, fascinado por esa manera Babylone de mirar lo gótico sin ponerle etiquetas, de andar por las orillas del río sin ver remontar los drakens normandos).
Al despedirnos éramos como dos chicos que se han hecho estrepitosamente amigos en una fiesta de cumpleaños y se siguen mirando mientras los padres los tiran de la mano y los arrastran, y es un dolor dulce y una esperanza, y se sabe que uno se llama Tony y la otra Lulú, y basta para que el corazón sea como una frutilla, y..."

Fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar

liberté, égalité, fraternité

¡Todo era amor... amor!
No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas...

Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...

Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente -y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor. Amor y amor... ¡y nada más que amor!

Oliverio Girondo, "Espantapájaros"

de profesión escritor



(...) Ese jardín encantado quizá haya sido para el niño feliz, el que está descubriendo el mundo. Pero quise sacar a luz también al niño infeliz, al niño melancólico. Yo le digo a la gente, ¿tu niño está triste? Déjalo estar, está creciendo. Pequeñas memorias tiene un epígrafe que dice "déjate llevar por el niño que has sido". Tengo tan presente a ese niño como si yo fuera por ahí llevado por él, de la mano.

José Saramago, entrevista con Carmen Castillo, París, otoño de 2006.

tan de este mundo


"Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza
y el único perdón."

Jorge Luis Borges

Respirando lo sublime, con la sonrisa limpia y los ojos despejados...

Invitaciones superfluas, Dino Buzzati

"Querría que vinieras a mi casa una noche de invierno y que, abrazados tras los cristales, mientras miramos la soledad de las calles vacías y heladas, recordásemos los inviernos de los cuentos, donde vivimos juntos sin saberlo. Por los mismos senderos encantados pasamos de hecho tú y yo con pasos tímidos, juntos caminamos a través de los bosques llenos de lobos, e idénticos genios nos espiaban desde las matas de musgo suspendidas de las torres, entre el revoloteo de los cuervos. Juntos, sin saberlo, desde allí quizá miramos ambos hacia la vida misteriosa que nos aguardaba. Allí palpitaron en nosotros por primera vez locos y tiernos deseos. «¿Te acuerdas?», nos diremos uno a otro, estrechándonos suavemente en la cálida estancia, y tú me sonreirás confiada mientras fuera suenan lúgubremente las planchas de metal sacudidas por el viento. Pero tú –ahora me acuerdo– no conoces los cuentos antiguos de los reyes sin nombre, de los ogros y los jardines embrujados. Nunca pasaste, embelesada, bajo los árboles mágicos que hablan con voz humana ni golpeaste a la puerta del castillo desierto ni caminaste de noche hacia la lumbre que está muy muy lejos ni te dormiste bajo las estrellas de Oriente, acunada por la piragua sagrada. Tras los cristales, en la noche de invierno, probablemente permaneceremos mudos, yo perdiéndome en los cuentos muertos, tú en otros cuidados para mí desconocidos. Yo preguntaría «¿Te acuerdas?», pero tú no te acordarías.

Querría pasear contigo un día de primavera, con el cielo de color gris y con el viento arrastrando todavía por las calles alguna hoja rezagada del año anterior, por los barrios de las afueras; y que fuese domingo. En esos lugares surgen a menudo pensamientos melancólicos y grandes, y en ciertas horas vaga la poesía, uniendo los corazones de los que se aman. Nacen además esperanzas que no se saben expresar, propiciadas por los horizontes inmensos de detrás de las casas, de los trenes que huyen, de las nubes del septentrión. Nos cogeremos de la mano sin más y caminaremos a paso vivo, diciendo cosas tontas, estúpidas y entrañables. Hasta que las farolas se encenderán y de las tristes casas de vecindad saldrán las historias siniestras de las ciudades, las aventuras, las soñadas novelas. Y entonces callaremos, siempre cogidos de la mano, pues nuestras almas se hablarán sin palabras. Pero tú –ahora me acuerdo– nunca me dijiste cosas tontas, estúpidas y entrañables. Ni puedes amar, por tanto, esos domingos que digo, ni tu alma sabe hablar a la mía en silencio, ni reconoces en el momento justo el encanto de las ciudades ni las esperanzas que bajan del septentrión. Tú prefieres las luces, la gente, los hombres que te miran, las calles donde dicen que se puede encontrar la fortuna. Tú y yo somos diferentes, y si vinieras a pasear ese día dirías que te cansabas; sólo eso, nada más.

Querría también ir contigo de veraneo a un valle solitario, riendo continuamente por las cosas más tontas, a explorar los secretos del bosque, de los caminos blancos, de ciertas casas abandonadas. Pararnos en el puente de madera a contemplar el agua que corre, escuchar en los postes del telégrafo aquella larga historia sin fin que viene de una punta del mundo y quién sabe dónde irá. Y coger flores de los prados y allí, tumbados sobre la hierba, en el silencio del sol, contemplar los abismos del cielo y las blancas nubecillas que pasan y las cumbres de las montañas. Tú dirías «¡Qué bonito!». No dirías nada más porque seríamos felices; nuestro cuerpo habría perdido el peso de los años, nuestras almas estarían rejuvenecidas, como si acabaran de nacer.

Pero tú –ahora que lo pienso– mirarías, me temo, alrededor sin entender, y te detendrías preocupada a examinarte una media, me pedirías otro cigarrillo, impaciente por volver. Y no dirías «¡Qué bonito!», sino otras cosas insustanciales que a mí nada me importan. Porque desgraciadamente eres así. Y no seremos felices ni siquiera un instante.

Querría también –déjame decírtelo– atravesar contigo del brazo las grandes avenidas de la ciudad un atardecer de noviembre, cuando el cielo es de puro cristal. Cuando los fantasmas de la vida corren sobre las cúpulas y rozan a la gente oscura que va por el fondo del foso de las calles, ya colmadas de preocupaciones. Cuando recuerdos de edades dichosas y nuevos presagios pasan sobre la tierra dejando tras de sí una especie de música. Con la ingenua soberbia de los niños miraremos las caras de los demás, miles y miles, que pasen a torrentes a nuestro lado. Nosotros despediremos sin saberlo un resplandor de júbilo y todos se verán obligados a mirarnos, no con envidia ni mala intención, sino sonriendo ligeramente, con ánimo bondadoso, gracias a la noche, que cura las debilidades del hombre. Pero tú –lo sé bien–, en vez de mirar el cielo de cristal y las aéreas columnatas iluminadas por el último sol, querrás pararte a mirar los escaparates, las alhajas, el dinero, las sedas, esas cosas mezquinas. Y no repararás por tanto ni en los fantasmas ni en los presentimientos que pasan, ni te sentirás, como yo, llamada a una suerte de la que ufanarte. Ni oirás esa especie de música ni entenderás por qué la gente nos mira con benevolencia. Tú pensarás en tu pobre mañana y en vano por encima de ti las estatuas de oro de las agujas levantarán sus espadas a los últimos rayos. Y yo estaré solo.

Es inútil. Tal vez todo esto sean tonterías y tú mejor que yo sin pretender tanto de la vida".

Existo y, con certeza, siempre pretenderé. Salud!

roma roja

Las hormigas se comerán a Roma, está dicho. Entre las lajas andan; loba, ¿qué carrera de piedras preciosas te secciona la garganta? Por algún lado salen las aguas de las fuentes, las pizarras vivas, los camafeos temblorosos que en plena noche mascullan la historia, las dinastías y las conmemoraciones. Habría que encontrar el corazón que hace latir las fuentes para precaverlo de las hormigas, y organizar en esta ciudad de sangre crecida, de cornucopias erizadas como manos de ciego, un rito de salvación para que el futuro se lime los dientes en los montes, se arrastre manso y sin fuerza, completamente sin hormigas.

Primero buscaremos la orientación de las fuentes, lo cual es fácil porque en los mapas de colores, en las plantas monumentales, las fuentes tienen también surtidores y cascadas color celeste, solamente hay que buscarlas bien y envolverlas en un recinto de lápiz azul, no de rojo, pues un buen mapa de Roma es rojo como Roma. Sobre el rojo de Roma el lápiz azul marcará un recinto violeta alrededor de cada fuente, y ahora estamos seguros de que las tenemos todas y que conocemos el follaje de las aguas.

Más difícil, más recogido y silencioso es el menester de horadar la piedra opaca bajo la cual serpentean las venas de mercurio, entender a fuerza de paciencia la cifra de cada fuente, guardar en noches de luna penetrante una vigilia enamorada junto a los vasos impereiales, hasta que de tanto susurro verde, de tanto gorgotear como de flores, vayan naciendo las diercciones, las confluencias, las otras calles, las vivas. Y sin dormir seguirlas, con varas de avellano en forma de horqueta, de triángulo, con dos varillas en cada mano, con una sola sostenida entre los dedos flojos, pero todo esto invisible a los carabineros y a la población amablemente recelosa, andar por el Quirinal, subir al Campodoglio, correr a gritos por el Pincio, aterrar con una aparición inmóvil como un globo de fuego el orden de la Piazza della Essedra, y así extraer de los sordos metales del suelo la nomenclatura de los ríos subterráneos. Y no pedir ayuda a nadie, nunca.

Después se irá viendo cómo en esta mano de mármol desollado las venas vagan armoniosas, por placer de aguas, por artificio de juego, hasta poco a poco acercarse, confluir, enlazarse, crecer a arterias, derramarse duras en la plaza central donde palpita el tambor de vidrio líquido, la raíz de copas pálidas, el caballo profundo. Y ya sabremos dónde está, en qué napa de bóvedas calcáreas, entre menudos esqueletos de lémur, bate su tiempo el corazón del agua.

Costará saberlo, pero se sabrá. Entonces mataremos las hormigas que codician las fuentes, calcinaremos las galerías que esos mineros horribles tejen para acercarse a la vida secreta de Roma. Mataremos las hormigas con sólo llegar antes a la fuente central. Y nos iremos en un tren nocturno huyendo de lamias vengadoras, oscuramente felices, confundidos con soldados y con monjas.

Instrucciones para matar hormigas en Roma, Julio Cortázar

ligero de cargas


Arbitrarios fragmentos de La Insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

“El hombre nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.

(...)
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad.
(...)
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. "

de eunucos

Los eunucos nada saben del amor. Emoción que les es mutilada en un amasijo de sangre y piel, por un hábil verdugo que a rostro descubierto los adiestra en el oficio de no ser.

Abandonados al efluvio de mitológicas cítaras-sirenas, danzan para quien haga girar la manivela de metal que se hace daga en su espalda. Toda melodía recreará ese primigenio desgarro, y el sudor obsceno del frenético baile fundirá sus sales con las dolientes lágrimas.


Asisten al festín de la vida solicitando un permiso inherente a su condición de castrados. Serán habilitados para entretener y servir, recibirán los favores de sus señores y vastos privilegios reales. Despertarán pasiones que no podrán corresponder. Privados, despojados, cercenados. ¿Cómo podría su memoria abrazar lo completo, lo complejo de sus antiguas formas?. ¿Cómo desconocer al carnicero y a las sucesivas manos que, indiferentes, auspician la ofrenda a cambio de un rítmico instante?.


Darán cuerda, continuarán su marcha; no faltará el vistoso ropaje ni el expectante público. Los eunucos nada saben del amor. Solo por ello - tal sentimiento - será la única gracia que jamás les demandaremos, en este festín de la vida.


R. R. Fernández

memorias - des -





















"Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos."
"Sospecho, sin embargo que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos."

J. L. Borges, Funes el memorioso, de Ficciones.

conjuro a mis treinta años



Antaño se establecieron mujeres sabias, aquí y allá se establecieron;

Unas anudaron los lazos; otras detuvieron los ejércitos,
Otras deshacían las ataduras.
¡ Líbrate de los lazos ! ¡ Escapa de los enemigos !

Conjuros de Merseburg (proveniente de un manuscrito del Siglo X, aunque aseguran muy anterior aún), de Jorge Luis Borges - "el dios tiempo" - Literaturas germánicas medievales. Buenos Aires, Falbo, 1965.

Para los treinta años que hoy abrazo, mi querida Colet, celebro y repito el conjuro con el que me honraste tan pertinentemente. Sublime felicidad la que acaricio al iniciar esta nueva década.

el ser sin la nada


Para sincerarse es preciso reconocerse en un universo que podrá ser confuso pero estará determinado al menos por nuestra conciencia de sí.
Para sincerarse resulta impostergable que el espejo nos devuelva cual caricia un reflejo que sea digno de la imagen ofrendada en tal atroz sacrificio.
Para sincerarse previamente es menester desenmarañar los finos hilos que tejemos con el fin de distraernos un momento de nosotros mismos.
Para sincerarse cada hombre debe desollarse, deglutirse, vomitarse, morir en cuerpo y alma tan cíclica como naturalmente, para echar mano luego al magnifico artilugio de la resucitación - la idea de “hombre nuevo” bastardeada por el clero, reformulada en un concepto puramente positivista -.
Sincerarse. Hablar o actuar sin doblez ni disimulo. Una sola cara de la luna saturniana, que exponga lo que ocultamos bajo esta piel-disfraz.
Sincerarse. Labor introspectiva que supone al
OTRO por contraposición al tan infinito como inacabado YO.
Sincerarse. Tarea imposible sin
YO, sin OTROS.
Disolver el pacto de silencio con las propias ideas. Reconciliarse con la realidad que nos cobija o asfixia. Abrazarla.

R. R. Fernández

amarras




No deseaba sujetar su cuerpo a un mástil. No evitaría de modo alguno su canto de sirena, su alquimia, la belleza. Eligió oírla leyéndole. Prescindir de mástiles o sogas.
Supo que su sentimiento, si había de extinguirse, moriría de aquella muerte violenta señalada para todo soñador. Más nunca perecería bajo la trágica y pasiva comodidad de la cobardía.


R. R. Fernández

alejandra - homo homini lupus



Despliego el manto de letras que Alejandra - a fuerza de tinta y sangre - nos legó. La hago mía, como idea de comienzo y de fin. Hoy: Estar

"Vigilas desde este cuarto
donde la sombra temible es la tuya.
No hay silencio aquí
sino frases que evitas oír.
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera sin volver a verte.)"

mariposas del trópico



Con tanto fervor la amaba que preferí enviar a las miles de mariposas del trópico que ella concebía en mi vientre cada día y que con devoción crié, a un frío polar que las desbaste y pulverice.
Amaba el aletear de esas mariposas, yo las alimenté y protegí. Valen su libertad para elegir, valen mi libertad para ser.


R. R. Fernández

hugo pratt y sus universos


Umberto Eco ha sido quien mejor ha descrito a Hugo Pratt. Que Pratt se sepa un mito (si no él, sus personajes) lo dice el hecho de que gran parte de su obra gráfica más interesante esté dedicada a documentar los mundos de los que nos habla en sus historias. Pratt se glosa. No es inmodestia: hace aquello que le piden sus lectores. Quieren saber si era verdad lo que les había contado.


Si te gustó:

detalles



Ya no era novedad que se escabullera concluida la cena y que retomara su rol cotidiano entrada la madrugada. Todos los habitantes de la tribu presumían que existía un mundo cruzando el preconcepto de lo funcional, una dimensión unipersonal, excluyente, privativa. Yo tenía certeza sobre aquellas conjeturas ajenas, desde muy pequeña, en los tiempos en que despertaba a mitad de noche arropada por aromas de cigarro y café, sorprendida por la luz tenue del cuarto contiguo.
Años después, despuntando mi adultez, no hice más que constatar los datos imprecisos gestados en las lunas de desvelo, colados a hurtadillas entre cucos y duendes.
Esa noche entré al estudio sin delatar mi presencia, sorteando la estela blanca dibujada por el humo de varios atados de Particulares. Lo observé leyendo, releyendo en realidad, un ajado libro que en mis recuerdos de infancia concebía como un injerto innegable en su mano. Sin preocuparme en lo más mínimo por mi impertinente intervención, pregunté: “¿Porque lees una y mil veces ese libro?”. Respondió aún de espaladas a mi, disimulando inútilmente la sorpresa al tiempo que ocultaba, de modo infantil, el cigarrillo con cuyas cenizas firmaría su prematura partida de defunción. “Por los detalles”, deslizó. No acostumbrábamos abusar innecesariamente de las palabras en nuestros intercambios. Regla de oro de nuestra idílica relación.
Mientras despreocupadamente volvía a internarse en un desierto de letras infinitas gastadas ya por sus ojos pardos y profundos, recorrí detenidamente ese universo; de atriles; de acuarelas; de planos; de libros; de proyectos; de imágenes diversas. De rostros ajenos garabateados. Y por única vez en el tramo del camino que compartimos, viole nuestro pacto e inquirí: “la vida que elegiste, ¿es realmente la que deseabas?”. Abandonando su característica postura y sus gestos apacibles, contraatacó aullando con un nuevo interrogante: “¿porque me lo preguntas?”... “Por los detalles”, repliqué.
La mañana siguiente preparó con la meticulosidad habitual mi café con leche y mis tostadas untadas en dulce de ciruela. Frotó mi cabeza dulcemente con sus manos de gigante y me repitió que al mediodía pasaría a buscarme por la puerta de la escuela.


R. R. Fernández

señalada por el índice del sol


Admito observarme solo en dos espejos: mi padre y Claudia, mejor conocida como "mami". Cuarenta y once añitos cumple hoy quien me regaló esta maravillosa vida. Mi hacedora.
A ella, todo mi amor y este presente...


video

isol: lobo está!


Isol
nació en 1972 en Buenos Aires, donde todavía reside.

Hizo el Magisterio en Bellas Artes en la Escuela Nacional “Rogelio Yrurtia”, y pasó unos años por la carrera de Licenciatura en Artes, en la Universidad de Buenos Aires, que abandonó para dedicarse de lleno a trabajar como ilustradora para prensa y autora de libros-álbum para niños, como una síntesis natural de su pasión por el cómic de autor, la literatura y la plástica.

Abrí la puerta para ir a jugar!:
http://www.isol-isol.com.ar













eterna despedida


Víctor me quitó la vida con la navaja más preciada de la colección. Esa que hasta ahora desconocía el olor a sangre, tendones y músculos, arropada celosamente entre versos y prosa, posicionada románticamente en un plano disfuncional, que la alejaba bajo engaños de su real utilidad.
Los dos derramábamos lágrimas al momento del hecho, un odio visceral se azuzaba en el encuentro de nuestras miradas de fuego.
¿Fue Víctor quien me mato? Era mi sueño, mi navaja, mi muerte y por tanto mi sicario fui yo. Bien se que no dejaría a su criterio mi existencia, en ninguno de los mundos en los que habito y soy.
¿En que universo resolví tal fin entonces? En el que me despojan, sin previo aviso, de la corona de certezas que adorna mi cabeza, hecha a mi medida, con el peso justo e incrustaciones de joyas poco ostentosas pero de gran valor.
¿Por qué morir?, me pregunto. Porque solo muere quien carece, en espacio y tiempo determinado, frente a otro sujeto, de sentido alguno de trascendencia. Y en el universo donde ocurrió este desgraciado suceso me leo finita, forastera, nimia. Pasajera en un tren de frontera, con boleto abierto a ningún destino en particular.
Desde mi vagón imaginario apenas te diviso, a lo lejos, recostada sobre la cama. Es una distancia considerable la que me separa de vos. Con dificultad alcanzo a distinguir los rasgos de tu cara y prácticamente no percibo tu olor. Hace apenas segundos perdió mi oído el registro de tu voz adolorida leyendo Baudelaire; el eco de tus labios cansados donándole a los míos, esclavos, un beso que me supo a adiós.
Los trenes, las estaciones, los adioses. Nietzsche, a quien admiro profundamente, nos introdujo en el eterno retorno. Yo solo puedo ahora reflexionar, por contrapartida y por derecho propio, sobre la eterna despedida. Confusa, desoladora, frustrante. En ella los puntos de encuentro se desdibujan incesantemente, en el mapa de los cuerpos y las almas.
No cabría figurar esta eterna despedida en este caso sin anteponer mi adicción a dar por sentado lo que, en principio, no es más que una mera probabilidad, a la que doto de fuerza y de sentido, según dicte la lógica de los acontecimientos. Dar por seguro mi condición de eterna elegible, vista a la distancia que nos separa esta noche en esta cama, representa un claro ejemplo de ello.
Tampoco sería factible otorgarle entidad alguna sin tus ausencias, siempre justificadas y notificadas con prudente antelación. Ausencias que dejan lugar a un vacío que aún no logro llenar de contenido, tal vez porque ninguna de mis ideas portaría la misma talla que vos.
Tu necesidad de certezas hizo uso del pozo inagotable del que emanan las mías. Deseo compartirlas con vos, pero rehúso a que formen un río cuyo torrente nos separe. ¿Deseo con condición? No, no me es posible con vos. No hay condiciones que acorralen al amor.
Ya no te visualizo. El humo de la locomotora que me aleja y te deja nos cubre. Tal como ocurrió la semana pasada, y la anterior.
Escribo tu nombre en mi mano. Aunque no haga falta, me lo exige el miedo. Miedo a morir bajo el acero de mi propio puñal en este viaje, a disfrazarme nuevamente del fantasma Víctor para darme muerte en este universo. Miedo a no reconocerte luego, a no reconocerme.
Tu nombre sos vos toda. Lamento tal vez por ello silenciarlo en estos párrafos. Preciso saber por quien preguntar a mi regreso, antes de que los puntos que unen los cuerpos y las almas vuelvan a desdibujarse. Antes de partir, infinitamente. Eterna despedida.

R. R. Fernández

sublimar


El dios TIEMPO repica sus uñas sobre el pulido cristal. ÉL, que borró Imperios con su aliento de tierra,
responde impaciente a la movida parsimoniosa del hombre finito.
Abismado lo observa jugar a trascender. Esboza una sonrisa nerviosa y medita:
“criaturas incrédulas, erigen tótemes para temblar luego frente a sus creaciones, esquizofrénicos. Descono
cen que vivir implica alcanzar lo sublime en el mismo plazo que insume a las estaciones convertir la arena tibia de sus venas en fría piedra.”

R.R. Fernández

médanos


Destruido el reloj de arena, se expanden infinitamente sus dinámicos límites dorados. Los atravieso, desafiando el conjuro del dios TIEMPO.

Diviso el oasis que me habita y sostiene entre las partículas cósmicas de aquello que se deshizo. Pronto los médanos danzaran bajo el rítmico soplo de las lunas estivales, la renovada luz del día que aún no es desesperará en la ausencia y deberé arrastrarme en un incesante espejismo sobre mi vientre de fuego, a la espera de que un magnánimo viento arrase con el velo que me cobija. No me será útil allí donde me dirijo. Abismada observadora de mi misma.

R. R. Fernández